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Hacia Dónde va la Universidad Pública
Por Alberto Carrillo

Las universidades públicas padecen graves problemas desde hace décadas. En los últimos quince años varios rectores de la UNAM enfrentaron las mismas dificultades que el rector Ignacio Chávez a mediados de los sesenta, cuando intentó resolver algunos de los problemas de la universidad. A la fecha, los problemas no sólo no se han podido resolver, sino que han empeorado. Si bien las universidades han contribuido a que muchos miles de jóvenes accedan a cierta movilidad social, hoy están lejos de cumplir con lo que se espera de ellas. La historia se repite una y otra vez, y las mismas fuerzas actúan para mantener a la universidad pública en el mismo pantano de siempre.

La situación de la UNAM es bastante representativa de las universidades públicas. El nivel del personal académico no es tan malo; hay muchos buenos profesores. Los problemas comienzan cuando muchos malos estudiantes ingresan – en la UNAM es gracias al pase automático que ya existía desde la época de Ignacio Chávez – mientras que varios buenos estudiantes se quedan fuera. El abandono de estudios es enorme, el bajo aprovechamiento es la norma, la permanencia en la universidad por muchos años es frecuente, y el costo por alumno muy alto. Las cuotas ridículas dificultan su financiamiento y esto no es aprovechado por los más pobres; las clases medias y altas tienen mayores oportunidades de estudiar en ella. La universidad prepara más profesionistas de los que el mercado laboral necesita y el nivel de los egresados es, en promedio, marginal. Miles de egresados no ejercen su profesión ya sea por mala preparación o por falta de oportunidades de trabajo.

Desgraciadamente todos los liderazgos de la universidad – las autoridades ineptas que la dirigen, los sindicatos y los líderes estudiantiles que la mantienen como rehén constantemente – coinciden al parecer en el mismo objetivo, que es mantener las cosas tal y como están.

¿Quién defiende realmente a la universidad y a los estudiantes?

No son pocos los partidarios de mejorar la universidad, pero los mejores elementos de la universidad influyen muy poco en el rumbo de esta. Los buenos maestros y los buenos estudiantes están poco interesados en participar para reformar a su universidad; se limitan a hacer lo suyo. En cambio los universitarios activistas son casi exclusivamente los estudiantes, maestros y trabajadores de la llamada izquierda – la mayoría entre los más mediocres de la institución.

Lo masivo de las universidades y lo fácilmente manipulables que son sus miembros las convierten en un botín político nada despreciable para las fuerzas más retrogradas del país, es decir, para todas las fuerzas políticas. Pareciera que todos conspiraran en contra de la universidad.

Las autoridades impuestas se encargan principalmente de mantener el estado de las cosas más que de resolver los problemas. El actual rector de la UNAM ha favorecido siempre a los paristas universitarios. Aunque se negaron a negociar durante el paro les ha cumplido todas sus demandas y ha instalado en puestos clave de la universidad a gente partidaria de estos delincuentes. Frente a los robos y vandalismo durante los 10 meses de paro, se respondió con impunidad. Para recuperar los meses perdidos, se recurre todavía a regalar calificaciones. El papel del rector ha sido el de mantener una relativa calma en la institución, a costa perpetuar sus problemas. La ganancia es mínima si se considera que los activistas están ahí como siempre, dispuestos a perturbar a la institución en cuanto lo consideren necesario.

Esos líderes estudiantiles, que parecieran estar sólo perdiendo el tiempo en causar alborotos dentro de la universidad, en realidad están haciendo una prometedora carrera política. Entre mayor capacidad para hacer daño demuestren, serán más apreciados en el medio al cual están ingresando y más pronto ocuparán cargos importantes dentro de partidos como el PRD o el PRI, en el congreso o en el gobierno. Así lo muestra la historia reciente de la política mexicana.

Los líderes siempre proponen algo atractivo al sector de los peores estudiantes, que constituye una presa fácil. El sistema de preparatorias fabrica hordas de estudiantes mal preparados, irresponsables y desmotivados. Y el pase automático asegura que los malos estudiantes serán mayoría en la universidad, por lo que cualquier medida para dañarla será bienvenida mientras les facilite la vida, al tiempo que se rechazará cualquier intento por hacer a la universidad más competitiva o menos mediocre. El atractivo es doble para los peores estudiantes ya que además contribuyen supuestamente a la lucha contra lo que este de moda en el momento.

Partidos, sindicatos y líderes estudiantiles, autonombrados como defensores de los pobres y de los estudiantes, en realidad son sus peores enemigos. La manipulación y las mentiras son sus mejores y a veces únicas herramientas. Defienden la gratuidad, el pase automático, la baja exigencia, la desaparición de las evaluaciones y, para colmo, apoyan la idea de que los estudiantes gobiernen la universidad para así usarla con total impunidad para sus fines políticos. Cualquier intento por mejorar el nivel de la institución lo interpretarán como una estrategia para privatizar las universidades o para excluir a los pobres de ellas. En realidad, privatizar las universidades resultaría absurdamente riesgoso para cualquier gobierno razonable. En los países pobres hay una enorme población joven que necesita posibilidades de ascender socialmente. Son muchos los que demandan una educación universitaria. Por eso es que los gobiernos tercermundistas han mantenido a las universidades accesibles a enormes masas. Pero el masificar la educación ha deteriorado terriblemente la calidad. Ahora más gente tiene mayor escolaridad pero menos preparación. La educación universitaria sigue siendo muy apreciada pero la baja calidad de sus egresados ha hecho que pierda valor como herramienta de movilidad social.

Las empresas ahora se dan el lujo de exigir cada vez mayor escolaridad para contratar empleados y de pagarles bajos salarios. Contratan profesionistas para trabajos poco calificados. Actualmente los bancos están despidiendo a sus empleados de muchos años para contratar en su lugar a nuevos empleados con maestría y poca experiencia por un salario mucho menor. Aprovechan el exceso de gente con grados académicos y deseosa de trabajar.

A las autoridades no les importa mucho que las universidades produzcan un exceso de profesionistas en muchas áreas con tal de satisfacer la demanda social por mayor educación. Por eso es que abundan los pasantes y titulados que trabajan en algo ajeno a su profesión. Por ejemplo, mientras los médicos en Estados Unidos se hacen ricos, en México hay decenas de miles que no tienen empleo y los que lo tienen son mal pagados. Y en otras profesiones ocurre algo parecido.

Exigir poco a los estudiantes para facilitarles una carrera debería entenderse incompatible con una buena preparación. Pero aún así los gobiernos están dispuestos a seguir con la farsa. Prefieren satisfacer a las masas mal preparadas que elevar el nivel de los que ingresan. La Universidad de la Ciudad de México, creada por López Obrador, permite la entrada por sorteo en lugar de examen de ingreso. Como cualquier medida populista, es en realidad simplemente un buen gesto hacia los malos estudiantes, que podrían ejercer mucha presión si quedaran descontentos al ser incapaces para entrar por medio de un examen, y que además, verán con buenos ojos el tener las mismas posibilidades de ingresar que los mejores estudiantes. Ser mayoría en este país siempre tiene sus ventajas.

La universidad debería quedar fuera de cualquier conveniencia política si de verdad ha de servir a la sociedad. Debe convertirse en una herramienta real para mejorar la vida de las personas y de la sociedad, y por eso tiene que mejorar el nivel de sus egresados. Pero debe encontrar formas más creativas de financiamiento si no quiere depender totalmente de un estado que siempre está en crisis. No puede darse el lujo de desperdiciar recursos en estudiantes que no valen la pena; debe ser más exigente y selectiva con los que ingresan en ella. Al mismo tiempo que debe ser accesible a quienes no tienen recursos económicos suficientes. Pero, una solución en estos momentos resulta impensable pues tiene demasiados enemigos dentro y fuera.

Es seguro que el ejecutivo, los legisladores y la sociedad en general tampoco harán nada por mejorar a la universidad. Por el momento la única esperanza real está en el trabajo de los buenos profesores y otros elementos universitarios que tienen poco apoyo de autoridades y alumnos. Del esfuerzo que realicen en cada departamento de cada escuela o facultad – que gozan hasta cierto punto de autonomía – para detener el deterioro académico y el avance de los elementos dañinos – activistas apoyados por el rector – dependerá el futuro de la institución.

© Panóptico, Alberto Carrillo
Abril 29, 2002