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El Libro Olvidado
Por Gerardo Ochoa

Como siempre pasa en México con cada nuevo gobierno, el sexenio de López Portillo había iniciado con muchas esperanzas y supuestos aciertos. Una política populista de gran gasto público, y el descubrimiento de grandes yacimientos de petróleo habían alentado las esperanzas de que quizá México había podido finalmente salir de una pobreza crónica que había sido parcialmente superada hasta el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz, pero que se había agudizado con el desastre de la administración de su sucesor, Luis Echeverría. Una devaluación de golpe quitó la mitad de su valor a la moneda, y una inflación descontrolada caracterizaron los últimos días de ese aciago régimen.

Las esperanzas eran tan altas, que la caída fue muy dura. El final del sexenio lopezportillista se caracterizó por una crisis sin precedentes, devaluaciones mensuales, escasez, descrédito internacional, crisis política, inseguridad pública y más males sociales. La prensa estaba, en ese entonces, controlada y manipulada por mecanismos de control más duros que los actuales, por lo que no había forma de canalizar el descontento público.

Fue entonces cuando se publicó Última Llamada.

El libro, del periodista Mauricio González de la Garza, hizo su aparición en 1980. Rápidamente se convirtió en un éxito de ventas, pues hacía duros y directos cuestionamientos al régimen lopezportillista. Al tiempo que más y más personas lo leían, comentaban y convertían en fuente obligada de referencia, el gobierno iniciaba una campaña contra el autor, y recogía lotes enteros de la publicación en librerías y tiendas de autoservicio.

El lenguaje del libro era fácil, cotidiano y sencillo de entender. Las preguntas y reclamos, vigentes. La lectura era, en sí, amena, aunque desgarradora, pues los problemas eran actuales y no escenarios previstos.

Durante meses, el libro causó un gran impacto, y puede decirse sin exagerar que fue un parteaguas en la industria editorial en México. Quien haya vivido esos tiempos lo puede constatar.

Sin embargo, el libro está a la fecha olvidado. Pocos saben de él. ¿A qué se debe eso?

México es un país sometido a un proceso constante, continuo y cotidiano de revisionismo histórico. Este revisionismo es dejado, por la gran masa popular, en manos de los llamados intelectuales. Son estos quienes dicen qué vale la pena, qué es lo real y cómo debe interpretarse. Todos esos intelectuales son miembros de la izquierda política en el sentido mexicano. Es decir, individuos con una fijación más o menos inmóvil en los sesentas. Sus paradigmas son los mismos de siempre y aunque se asumen como progresistas, son en realidad la voz de la reacción. Quien se enemiste con ellos puede dar por hecho el ejercicio de la censura total.

Muchos han sido víctimas de este macartismo mexicano. Luis González de Alba, uno de los líderes del movimiento estudiantil del 68 que durante años hizo no sólo una confesión de muchos de los motivos oscuros detrás de ese movimiento, sino que cuestionó la intolerancia dogmática de la izquierda mexicana, ha sido condenado al ostracismo. Sus participaciones públicas son sólo incidentales y, más bien, accidentales. Sólo el periódico La Crónica de México publica sus editoriales. A diferencia del resto de los líderes de ese movimiento, que ocuparon y ocupan cargos públicos en el gobierno que tanto criticaron en cierta época, González de Alba se ha mantenido ajeno a la administración pública. Eso, junto con la censura de los autodenominados intelectuales, lo ha ido cercando. En el libro Parte de Guerra, de Julio Scherer y Carlos Monsiváis, donde se relatan los acontecimientos de la represión del movimiento del 68, ni siquiera se le menciona entre los líderes estudiantiles. Ikram Antaki, culta y valiente mujer recientemente fallecida, por sus posiciones heterodoxas y antagónicas a la línea de pensamiento general del círculo intelectual en México, también sufrió la censura de los Iluminados. Tal es la objetividad de los intelectuales mexicanos y lo costoso de enfrentarse a ellos.

Lo mismo ocurrió con Última Llamada. A lo largo de sus páginas, las críticas contra los izquierdistas dogmáticos no cesan. Trozos como el de la página 291 y 292 deben haberle producido insuficiencia hepática a los Señores de la Luz. En ella, hablando sobre Carlos Fuentes, dice:

"En esa misma página [Fuentes] dice maniqueístamente: 'Los actos gangsteriles son propios del fascismo, no de la izquierda, y sólo pueden provocar respuestas fascistas' ". No cabe duda de que lo enterrarán en cajita blanca. A menos que en su afán de tenderse a los pies de Echeverría se le reblandeciera el cerebro. Los actos gangsteriles son propios de gángsteres, y los gángsteres no son ni de izquierda ni de derecha, son malechores criminales. Ahora bien él, don Carlos, el exembajador, ¿no sabrá quién propone el terrorismo y la guerrilla para llegar al poder? Pero ellos son así, palomas blancas, blancas palomas, y todos los demás somos fascistas, reaccionarios, retrógrados, ignorantes y pequeños burgueses. Siempre se les olvida que también somos patriotas y que queremos un México mexicano, no un México sovietizado o un México agringado. Pero claro, los 'obreros intelectuales', los 'proletarios millonarios' son así...

Pero nadie se atreve a decirles nada porque se supone que ellos son los progresistas, los dueños de la verdad, los apoderados de la cultura, y los que deciden quién recibe un premio y quién no. Como si el ser escritor, el ser inteligente, el ser culto o el ser mexicano fuera cosa que se puede decretar con premios o becas. Becas que aprovechan para irse a Europa o Estados Unidos. ¿Por qué no se van a Cuba?, por ejemplo. Yo me pregunto: si en lugar de la embajada en París, don Luis le hubiera querido pagar a Fuentes con la de La Habana o la de Managua ¿la hubiera aceptado Fuentes?

Los de la 'única opción' para dejar inmaculado a Echeverría, culpan de todo a Díaz Ordaz y como el problema del crimen del 10 de junio [una matanza estudiantil cuando Echeverría era presidente] se les atora en la garganta, no lo mencionan. Cosas de dos pesas y dos medidas."

Además, se menciona de manera sistemática la infausta afluencia de refugiados sudamericanos, quienes llegaron al país a partir de 1973 invitados por el gobierno mexicano, con casa y trabajo asegurado. Una de las comparaciones más desfavorables contra este grupo se establece al confrontar esta gratuidad con las condiciones en que se recibieron a los republicanos españoles, quienes llegaron no a enseñar a México cómo debería de ser, sino a trabajar y crecer con el país. Por difícil que sea creer esto para los lectores extranjeros, los sudamericanos inmigrados llegaron a México no sólo cantando el himno comunista "La Internacional", sino con la soberbia que se concretaba en las palabras que frecuentemente se escucharon en las universidades públicas, sobre todo en la UNAM, tristemente convertida en guarida para estos inmigrados: "venimos a enseñar a México cómo deben ser las cosas".

Al respecto, el autor dice, en las páginas 50 a 52:

"… Don Luis Echeverría, en aquellos arrebatos suyos tan dislocados cuanto exuberantes, hubo de traernos miles de masiosares chilenos. De seguro que entre ellos debe de haber gente buena, gente de trabajo, gente de respeto. Pero, ¿quién ha hecho un estudio para saber cómo viven los allendistas? ¿A qué escuelas van sus hijos? ¿Qué actitud tienen hacia México? Porque en México, los del izquierdero son muy buenos para criticar a la burguesía; pero ellos, que por lo general no producen nada, suelen vivir y disfrutar rodeados de todo lo que critican en los demás. Y así tenemos nicaragüenses, guatemaltecos, argentinos y una grave escoria subamericana. Ya es tiempo de que tengamos un gobierno mexicanista, nacionalista y patriota. Fuera los explotadores, los vividores, los padrotillos extranjeros.

[...]

Con lo que nos han costado los chilenos, ¿cuántos mexicanos se hubieran podido quedar en México sin padecer humillaciones, injurias, terrores y hambre? Aquí en México los chilenos, viniendo en aviones especiales, con puestos en la Universidad, en las universidades y en cuantos lugares le dio la gana a Echeverría acomodarlos, y allá, en Estados Unidos, cruzando el río en medio del terror de la noche, asesinados muchas veces, asaltados por los de este lado y del otro, explotados, en un país de otro clima, de otro solo, de otro Dios y de otro idioma, allá nuestros infelices mexicanos porque en este país no ha habido un gran Presidente que haga a México grande y justo. Pero, eso sí, para farolear muy buenos."

Con esto, es fácil entender por qué se condenó al libro. México vivía y en buena medida aún vive inmerso en el mundo de la seudointelectualidad, es decir, de la intelectualidad izquierdista. Por eso no progresan nuestras ideas. Por eso, los autodenominados intelectuales sólo lo son en este país. Por eso, salvo contados casos, México no ha aportado a la cultura universal algo más que un puñado de ideas. Para el tamaño de país que somos, el número de habitantes que tenemos, el supuesto nivel de desarrollo y PIB, son irrisorias e insignificantes. Y aún hoy sigue siendo riesgoso enemistarse con los Señores de la Luz. Por eso los que ocupan el gobierno, vengan de la facción que vengan, son tan ávidos de conquistarlos con becas, premios, reconocimientos y demás. Y los Iluminados los aceptan, en el entendido que carecen de verdadero talento y que si no fuera por los chantajes ejercidos sobre el poder público, no podrían medrar en modo alguno.

Volviendo al tema central, el antiizquierdismo y xenofobia de Última Llamada irritó al izquierdero. Y debido a eso, a pesar de su influencia pública en ese momento en que exponer las ideas sin más era muy peligroso, el revisionismo amanuense lo enterró.

Podría seguir citando trozos y haciendo comentarios, pero no me queda sino recomendar la lectura del libro. Su zaga, compuesta por Carta a Miguel de la Madrid y Diluvio, son no sólo interesantes, sino indispensables para tener una visión distinta de la construida por el revisionismo histórico izquierdista y antinacional, que a pesar de su supuesta crítica al sistema, en la práctica ha justificado los desastres contemporáneos de este país.

© Panóptico, Gerardo Ochoa
Mayo 20, 2002