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Salvar al Politécnico
Por Santos Mercado-Reyes

Con la caída de la llamada vieja versión del Partido Revolucionario Institucional (PRI), muchos abrigamos la esperanza de que desaparecerían o al menos cambiarían radicalmente las instituciones que le daban sustento al PRI, tanto en el aspecto económico como en el ideológico. A la fecha es evidente que nos ha fallado el pronóstico.

Ni a PEMEX, la fuente inagotable de recursos de partido en el poder, ni a la Secretaría de Educación Pública, encargada durante setenta años de atrofiar el cerebro a los mexicanos para que no piensen por sí mismos, se les ha ocurrido cuestionar el poder dictatorial perfecto, quizá más que el del extinto Partido Comunista de la URSS. Cierto que en las escuelas se escuchaban críticas contra el gobierno, pero siempre acotadas, permitidas y alentadas por el mismo gobierno priísta, en el entendido de que había que dar cierta imagen de democracia. Se podía hablar en contra de algún funcionario, pero no cuestionar la burocracia revolucionaria. Se podía, incluso, hacer renunciar a algún funcionario, pero jamás eliminar una secretaría de Estado.

La misma lógica se aplicó al Instituto Politécnico Nacional (IPN), vieja escuela creada en 1934 por el presidente comunista Lázaro Cárdenas. Su sueño era un aparato educativo que formara los cuadros técnicos y humanistas para fortalecer el poder del Estado, y así realizar los planes del gobierno en el campo, la industria minera, petrolera, eléctrica, etc. Quien haya vivido esa época se habrá dado cuenta que México y la Unión Soviética, con Stalin en el poder, compartían el mismo espíritu; uno podía sentirse prácticamente igual en Leningrado o en la Ciudad de México.

Pero, igual que todas las instituciones subsidiadas por el gobierno, el IPN rápidamente se burocratizó, cayó en las garras del sindicato o de los políticos ilustrados - es decir, de aquellos congelados, castigados o premiados según sus respectivos antecedentes -.

Hoy, se mueve como si fuera un pesado dinosaurio, sin futuro, sin anhelos, divorciado de la industria, de la sociedad, con una enorme carga de gastos improductivos, producto de las llamadas conquistas sindicales, y sin la menor intención de ajustarse a las nuevas circunstancias que vive México. De poco o nada le sirve al proyecto capitalista o liberal de Vicente Fox.

El gran problema del gobierno actual, que porta una visión radicalmente diferente al viejo priísmo, es que no sabe qué hacer con esta institución anquilosada.

Se pidió, hace algunos meses, a los mejores investigadores del Politécnico, pensar en las reformas necesarias. Pero esos cerebros sólo atinaron a decir "danos más dinero, auméntanos más el subsidio". Hubo otros, un poco más cínicos, que se atrevieron a solicitar la autonomía para la institución. Inicialmente me sorprendieron, y mi corazón se agitó lleno de esperanzas. De pronto pensé que ya no querían seguir narcotizándose con los subsidios gubernamentales, que estaban dispuestos a competir por ganar al cliente, formar sus propias fuentes de recursos, pero mayúscula fue mi sorpresa cuando aclararon que sólo quieren que el gobierno los siga subsidiando, como siempre, con una bolsa de dinero más abultada pero sin que el Estado les diga en qué deben usar los recursos. Quieren ser mantenidos pero sin injerencia del gobierno y mucho menos de Vicente Fox. ¡Pero qué cretinos, pensé yo! Me recordó mis viejos tiempos, cuando la porra de la Vocacional 2 recibíamos el cheque de las autoridades y no queríamos que nadie nos pidiera cuentas si lo gastábamos en llevar grupos de rock o nos lo tomábamos todo en cervezas.

En fin, no sé cuál es la solución para el IPN, pero sí sé perfectamente cuál no es. Y para dejar las ideas claras debo decirles que ni aumentando el subsidio, ni dándoles autonomía subsidiada es como se podrá salvar al Instituto Politécnico Nacional.


Nota del Editor. El autor es profesor e investigador en la Universidad Autónoma Metropolitana. Puede escribirle a santosmer@hotmail.com

© Panóptico, Santos Mercado-Reyes
Mayo 20, 2002