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Aventuras en el Sureste de Asia
Por Pakhdi Kuyyakanond

En febrero de este año, mi mentor me invitó a vivir una gran aventura: viajar con él por algunos países vecinos al mío. El recorrido sería a través de Camboya y Vietnam. Se trataba de un viaje muy largo, de casi dos meses de duración. Una gran oportunidad para vivir y también para crecer.

Al principio, mis padres no querían dejarme ir, pues decían que eran demasiados días fuera de mi casa. Se acerca el monzón y hay que dejar preparado el arrozal para obtener una gran cosecha, y cada año ayudo a mi papá a sembrar. Pero mi papá dijo que ese no era el problema, pues este año iba a contratar, de cualquier modo, a algunos peones que sembraran junto con él. Lo que le preocupaba es si yo obedecería a mi mentor, pues según él a veces soy un poco rebelde. Pero no soy tan rebelde, sino que si creo tener razón en algo, prefiero hacerlo en vez de obedecer. Al final, como insistí muchas horas durante varios días, finalmente los convencí y me dieron permiso para viajar.

Una vez que mi mentor tuvo permiso de mis padres, me llevó en varias ocasiones a Bangkok. La primera vez fue para sacar mi pasaporte y visas, y luego a que me revisara el médico, lo cual no fue agradable pues me puso varias vacunas. Me acuerdo de la del tétanos, por dolorosa, y la de la fiebre amarilla. También acudí al dentista, igualmente para una revisión. Ese mismo día de la visita al dentista me compró ropa, un cuaderno para que anotara mis experiencias de viaje y un libro de Harry Potter. Afortunadamente, me lo compró en tai, pues me hubiera sido casi imposible leerlo en inglés. Ah, y también una cámara fotográfica y varios rollos.

Los días previos a la salida, tuve que hacer varios preparativos. En primer lugar, separar por sexo a mis conejos, pues si no se hubieran reproducido mucho. Luego enseñarle a Kanok, mi amigo, cómo cuidar mis animales y cómo separar por sexo a los gazapos más pequeños, que no podía apartar de la mamá coneja aún. También tenía que dejar todas mis cosas en orden. Como en cierta forma me sentía culpable de no sembrar este año, limpié todo el arrozal de enredaderas. Es un trabajo pesado, pero más fácil que quitar otro tipo de yerbas, porque las enredaderas se pueden ir agrupando en grandes madejas. Aun con el trabajo, esos días se me hicieron muy lentos, y dormí mal porque me despertaba en la noche con la emoción de comenzar mi aventura.

En Camino

Por fin llegó el día de salida. Mi mentor llegó muy temprano a mi aldea, y salimos hacia la frontera con Camboya. Pasamos por muchos lugares que desconocía, ya que antes sólo había viajado por mi país a lo largo del camino desde mi aldea hasta Bangkok.

No nos detuvimos en la capital pero sí pasamos una noche en Prachin Buri, y de ahí nos dirigimos sin parar a la frontera. Entramos a Camboya por Paôy Pêt. En ese pueblo, mi mentor puso en la antena de la camioneta una bandera camboyana, antes de internarnos en el país. Realmente, el paisaje es muy parecido al de Tailandia. Los camboyanos, sin embargo, son distintos. La mayoría son más morenos y de menor estatura respecto a los tailandeses. También noté que son más desconfiados y menos sonrientes, pero una vez que se rompe el hielo son agradables y hospitalarios. Noté que mi mentor hablaba fluidamente el khmer, al igual que lo hace con el tai. No entendía nada de lo que decía, aunque vi que lo recibían amablemente en todos lados.

Estuvimos una noche en Bâtdâmbâng, y al día siguiente llegamos a la capital del país, Phnom Penh. El calor era infernal, al menos los días que ahí estuvimos. Es una ciudad poco desarrollada, y hay muchas más áreas pobres que en Bangkok, aunque el tráfico es mucho mejor, no sólo porque hay menos coches en las calles sino porque éstas están mejor trazadas, y hay menos callejones.

Ahí en Phnom Penh visitamos Tuol Sleng, alguna vez una escuela y actualmente convertida en museo. Durante el régimen del Khmer Rouge, Tuol Sleng recibió el nombre clave de S-21 y se usó como campo de tortura para quienes no estaban de acuerdo con el régimen de Pol Pot. Las habitaciones, alguna vez salones de clase, estaban llenas con instrumentos de tortura y, lo que más me impactó, fotografías de personas asesinadas ahí mismo. Documentaron a casi todos los que ahí murieron, y las fotos incluyen niños, algunos muy pequeños. Eso me impresionó más que la pila de esqueletos que hay a la salida. Hasta el día de hoy no logro sacarme de la cabeza algunas de esas caras que me miraron desde las paredes del museo.

Más tarde fuimos a un centro que coordina los esfuerzos en el país para controlar el paludismo. Vi que usan el mismo principio que uso en Bang Pan Rai, es decir, promover el uso de mosquiteros para disminuir la incidencia de picaduras. Delante del médico a cargo del centro, mi mentor me pidió una opinión sobre los folletos que distribuyen a las comunidades y, una vez que me lo tradujeron, sólo comenté que faltaba indicar que no laven los mosquiteros. Como están impregnados con permetrina, si se lavan pierden buena parte de su efecto protector y el mosquito, a fuerza de estar intentando penetrarlos, puede lograrlo al final. Y como las señoras todo lavan, si no se les indica que no lo hagan, tarde o temprano echarán a perder la impregnación del mosquitero. Creo que no le cayó muy bien mi comentario al encargado. A veces así pasa con los adultos.

Terrible fue la visita a un hospital de personas que han perdido brazos o piernas por las minas antipersonales. Camboya es el país con más minas activas en el mundo. Se estima que sean por lo menos tres millones, aunque poco a poco las han ido removiendo. Pero los campesinos, mineros y otras personas que se adentran por terrenos selváticos, e incluso, por campos adyacentes a los pueblos, las pisan y pierden sus miembros. Vi casos espeluznantes y víctimas de todas las edades. El más impresionante era el de un bebé sin un brazo. Su mamá pisó la mina y murió despedazada, y el bebé quedó tirado y sólo por suerte lo encontraron antes de que muriera por la pérdida de sangre.

Angkor Wat

Al día siguiente, salimos de la capital para visitar Angkor Wat. Primero fuimos a Kâmpóng Chhanãng, donde nos embarcamos para cruzar el reservorio de Tonle Sap. Ibamos en la parte superior de un barco lleno de turistas y, por estar jugando, se cayó mi sombrero al río. Me iba a tirar por la borda para sacarlo pero mi mentor no me dejó. Aunque sé nadar bien, me dijo que el problema era que en el agua podía pescar un parásito 1. Realmente fue una lástima, porque era un sombrero muy bonito, y mi mentor me lo había comprado en Bangkok hacía apenas unas semanas.

Nunca olvidaré mi llegada a Angkor Wat. No podía creer que algo así existiera. El templo es tan grande, tan bello y tan impresionante, que no tengo palabras suficientes para describirlo. Ahí estuvimos dos días, durmiendo por las noches en la casa de una familia amiga de mi mentor. Por las mañanas, íbamos en bicicleta a recorrer las distintas partes de Angkor y sus alrededores. Creo que ni en un año se podría conocer bien todo eso.

Desde entonces noté que los niños de las áreas rurales de Camboya son muy pobres. Si en la capital había pobreza, aquí las cosas eran peores. Así que guardé la ropa nueva que me compró mi mentor y volví a usar mis playeras y pantalones descoloridos de siempre, para no parecer ostentoso ante ellos.

Por mí, me hubiera quedado un mes en Angkor Wat, pero había que continuar la aventura, así que regresamos hacia Phnom Penh, donde comenzamos un lento recorrido bordeando el río Mekong y visitando cada aldea y poblado. En Kâmpong Cham cruzamos hacia la margen oriental del Mekong.

A lo Largo del Mekong

Una vez en ese lado del río, aumenta el peligro. Esta zona de Camboya es peligrosa, y más hacia donde vamos: la frontera con Vietnam. Ahí se asentaron algunos de los últimos reductos activos del Khmer Rouge, y todavía casi todos los extraños al área, así sean camboyanos, tienen que entrar protegidos por unidades de las fuerzas de seguridad de Camboya. Mi mentor dice que nosotros no, porque él ha viajado mucho por ahí.

El problema de inseguridad hace imposible el turismo y la vida misma en algunas zonas del país, y eso impide la llegada del dinero y desarrollo que tanta falta hace. Camboya es el único país de la región del sureste y este de Asia sin pena de muerte y, por tanto, el más inseguro de todos. Entiendo que después del genocidio lo que menos quieren los camboyanos son más muertos, pero creo se equivocan en permitir que los delincuentes perturben la vida de las personas pacíficas. Todas las veces que acampamos, no podía evitar pensar en el peligro de un asalto, pero mi mentor me tranquilizaba diciéndome que íbamos bien protegidos. Si él se refería a que llevábamos armas, yo nunca las vi.

Otro problema al acampar era que, con la cantidad de minas antipersonales que hay en el país, no era seguro apartarse de las zonas donde montábamos la casa de campaña. De por sí era muy lento instalar el campamento, usando el detector de minas que traíamos en la camioneta, hubiera sido imposible internarse en la selva para buscar un arroyo. No quedaba sino aguantar el calor. Estoy acostumbrado a bañarme una vez al día, excepto en tiempo de calor, cuando lo hago dos veces. Pero ahí pasé hasta tres días sin bañarme, y eso fue difícil de soportar.

Afortunadamente, casi siempre llegábamos a pueblos pequeños y aldeas. Ahí siempre alguien conocía a mi mentor, y si no, en unos cuantos momentos nos hacíamos de amigos. Y así pasábamos los días y noches, en casas de personas amables y hospitalarias de la rivera del Mekong.

Travesuras y Reflexiones

Algo que me llamó la atención es que los niños no tenían mucho respeto por los mayores. En Tailandia, los mayores son muy respetados y, en estas aldeas, si bien no los trataban mal, los niños les hacían bromas que serían imposibles en mi país. Por ejemplo, en Phumi Chumnik, a la menor oportunidad los niños colgaban a los mayores colas construidas con papel o ramas. Hablando de esto con mi mentor, me dijo que esas aldeas quedaron casi sin adultos durante el genocidio, y que los padres de esos niños son muy jóvenes. Por eso no recibieron la misma educación que los niños de otros lugares donde los adultos y ancianos sí pudieron enseñarles las antiguas usanzas.

Por cierto, mi mentor tiene la mala costumbre de acariciar a los niños en la cabeza. En el budismo, la cabeza es la parte más pura del cuerpo, y no es correcto tocarla y menos acariciarla sin más. Cuando voy a Bangkok y un occidental me acaricia la cabeza, me dejo porque he visto que siempre lo hacen con buena intención y, hasta cierto punto, no pueden evitarlo. Pero otros niños sí se molestan. Y como los camboyanos de esta zona no tienen prácticamente contacto con occidentales, algunos niños se notaban muy ofendidos con lo que era en realidad una demostración de afecto. Así que tuve que decirle eso a mi mentor y él me dijo que procuraría evitarlo en el futuro.

Me di cuenta que casi no había tomado fotografías. Casi todas las había tomado mi mentor, tanto con mi cámara como con la suya. El problema de estar fotografiando todo es que uno pone más atención a la cámara que a la experiencia del momento. Y la verdad prefiero vivir las cosas que conservarlas en fotos para recordarlas más tarde.

A lo largo del recorrido noté que los niños no comen bien, y en realidad los adultos tampoco. La dieta es poco variada, y no hay gran desarrollo en las hortalizas familiares ni los árboles frutales caseros. Tienen pocos animales, y sólo las familias con más recursos poseen patos, pollos y cerdos. Creo que sería bueno introducir conejos, como hice yo en Ban Pang Rai. ¿Saben que con unos 30 conejos en cría pueden tener carne casi todos los días de la semana? Y lo mejor es que comen cualquier cosa, por lo que no hay que gastar en forrajes costosos. Además, la carne de conejo, como no tiene sabor fuerte, puede ser condimentada de muchas formas diferentes. Por eso le comenté a mi mentor que sería buena idea traer conejos para vender, y me dijo que sí, que me pusiera a pensarlo para más adelante. Luego de pensarlo me di cuenta de que quizá no sería tan buena idea. La gente aquí casi no tiene dinero. Casi todas las familias ganan en total como 2000 riels diarios 2, lo cual es menos de medio dólar, y sería imposible que pudieran ahorrar para comprar una pareja de conejos. Quizá se podrían hacer llegar como préstamos, pero tendrá que hacerlo alguien más, porque yo no tengo tantos o tanto dinero como para producir conejos en esa cantidad. Aunque quizá sí pudiera surtir los suficientes para una o dos aldeas.

Con el contacto diario con los niños, comencé a entender y hablar khmer. Es un lenguaje curioso, porque hay frases que son totalmente diferentes si las dice una mujer respecto a lo que diría un hombre para indicar exactamente lo mismo. Con todo y eso, no es un idioma tan difícil, aunque admito que la frase que más usé era knyom aught yault, que quiere decir 'no entiendo'.

No había mucho en qué entretenerse con los niños. Jugábamos futbol, nadábamos, y también competíamos con la versión camboyana del tacraw. El tacraw se juega con cualquier pelota entre el número que sea de jugadores, y el objetivo es mantener la pelota en el aire, pegándole con cualquier parte del cuerpo excepto las manos. Casi siempre me ganaban, porque son más pequeños y muy ágiles. Un niño camboyano de mi edad parece un tailandés de 8 ó 9 años. Y las niñas son más pequeñas aún. Lo malo es que ellas jugaban muy poco con nosotros. Eran tímidas, y se escondían cuando pasaba frente a sus casas.

Lo mejor era ir a tirarse al río en cuerdas o desde las ramas de los árboles, como lo haría Tarzán. También hacíamos travesuras, y la única vez que me regañó mi mentor fue por una que hicimos un día en la tarde. Uno de los niños en Phumi Kânhchôr había tomado sin permiso una botella de aguardiente de su hermano, y todos tomamos un trago. Lo hice un tanto sin pensar, pues en mi aldea casi nadie toma alcohol y nunca se me había ocurrido hacerlo. El aguardiente primero me irritó mucho la garganta y me hizo toser, y después la sensación fue de calor en el estómago, muy agradable, y nos empezamos a reír sin parar. Pero mi mentor, no sé cómo, se dio cuenta de que había tomado licor y me regañó mucho mientras íbamos en la camioneta hacia Phumi Mreum. La verdad no le hice mucho caso, porque la sensación ya no era agradable para nada. Me zumbaban los oídos e iba tan mareado, que tuvimos que detenernos para que vomitara. Todo el día siguiente tuve dolor de cabeza, así que no creo repetir la experiencia en mucho tiempo. A ver qué dicen mis padres ahora que sepan que probé alcohol.

El Río

Para mí, lo mejor de esta parte del viaje comenzó en Krâchéh, donde dejamos la camioneta y continuamos en lancha por el río Mekong. A esa altura y para arriba, la selva está muy cuidada y bonita, y en la orilla había esas entradas oscuras y misteriosas, como cuevas, que invitan a entrar en ellas. Pero el peligro de las minas impidió que nos bajáramos salvo en unas pocas, y siempre con el detector.

Por cierto, en Phumi Talat, pude presenciar el estallido de una mina. Había una unidad del ejército camboyano que tenía varias semanas desactivando minas en los alrededores. Es un proceso muy lento, mucho más de lo que puedan imaginar. En la tarde del segundo día que ahí pasamos, los soldados nos invitaron a ver detonar una mina. Nunca creí que pudiera explotar con tanta fuerza. Estábamos muy lejos de ella y sin embargo cayeron trozos cerca de nosotros. Si con lo que vi en el hospital en Phnom Penh les tomé miedo, con ver la explosión terminé de convencerme de lo peligroso de estos artefactos.

Seguíamos recorriendo pueblos y a mediados de abril llegó el Songkran, es decir, el año nuevo tailandés. Son días para meditar y reflexionar en cómo puede uno ser mejor. Afortunadamente, también es año nuevo en Camboya, por lo que no fue difícil encontrar momentos de paz para meditar en calma y pensar en las personas queridas. Este fue el primer Songkran que pasé fuera de mi casa y lejos de mis padres.

Seguimos por el río, a veces con motor y otras con remo, porque el cauce se iba haciendo más estrecho y en algunos trayectos apenas había agua suficiente para flotar la lancha. El monzón no ha iniciado y el cauce estaba un poco seco. Llegamos a Virôchey, cuando en eso sonó el teléfono satelital de mi mentor.

Cambio de Planes

Malas noticias: no iremos a Vietnam. Mi mentor tenía que ir pronto a Malasia, así que hubo que programar el regreso a Phnom Penh. Me dio algo de tristeza, porque tenía muchas ganas de visitar Vietnam y porque la aventura en el río era muy interesante. Había visto muchos animales, aunque no tantos como si me hubiera internado en la selva. Pero con las minas, pues imposible.

Todavía avanzamos a la siguiente aldea, Phumi Bâ Khâm, ya casi junto a Vietnam, e iniciamos el regreso. De nuevo llegamos hasta Krâchéh, donde habíamos dejado la camioneta, y regresamos casi sin detenernos a Phnom Penh. De vuelta en la capital, estuvimos dos días en lo que tramitaban mi visa para Malasia.

No me gustó despedirme de Camboya. Es un país que a primera vista no se le aprecia en toda su magnitud, pero conforme pasa uno tiempo entre los camboyanos, uno comienza a quererlos mucho. Son gente muy buena, sin duda. Pero qué hacer. Ya habrá otra oportunidad de visitarlo en el futuro. Y así viajamos hacia Kuala Lumpur en una avioneta de 18 plazas, aunque a bordo sólo íbamos siete pasajeros.

En Malasia

Llegando a Kuala Lumpur, fuimos directamente a la oficina de mi mentor en una calle bastante tranquila, y luego a las Torres Petronas, las cuales forman el edificio más alto del mundo. Estuvimos en una oficina altísima, desde donde la vista era impresionante y se dominaba toda la ciudad. Pero no me gustó, pues la oficina era muy lujosa, y uno no podía sentirse relajado. En cualquier sitio en donde me sentaba me sentía fuera de lugar, y todo parecía muy frágil, así que no me animé a manipular casi nada. Había, eso sí, un cuarto que parecía una tienda de alimentos, donde uno podía tomar lo que quisiera sin pagar. Pero yo no como mucho, el café no me gusta, la leche sabía muy raro y el aire era muy frío. No sólo en ese cuarto, sino en todo el edificio. En ninguna parte se podían abrir las ventanas para mediar un poco la temperatura. Realmente, fue un alivio salir de ahí.

Fuimos a alojarnos en un hotel lujoso, muy grande, con varias albercas y tiendas. Parecía una ciudad pequeña. Una vez que nos instalamos, mi mentor tuvo que salir, así que me quedé solo. Me puse a recorrer el hotel, y luego salí a pasear por la ciudad. Pero nadie hablaba tai. Yo no hablo mandarín ni malayo, así que no había forma de comunicarme más que en inglés, el cual no todos entienden. Y en la calle, la gente tenía más prisa y por lo mismo menos paciencia que en Bangkok.

Fueron días un poco aburridos, pues mi mentor me dejaba solo todo el día. Como dije, en la ciudad no encontraba con quién hacerme entender, así que me la pasé en el hotel, jugando con dos niñas de Inglaterra que estaban ahí de vacaciones. Lo malo es que les gustaba mucho meterse a la alberca y a mí no, porque mis ojos se irritaban mucho con el cloro del agua. Por cierto, ahí junto a la alberca terminé de leer Harry Potter. También estuve mucho en el centro de negocios del hotel, donde podía navegar en internet por horas y horas.

Varios días estuve así. Yo suelo dormir temprano, y mi mentor llegaba tarde. En las noches, aun con el aire acondicionado apagado, hacía frío. Por eso, sacaba uno de los sillones a la terraza y ahí dormía un poco mejor. Normalmente despierto entre las 4 y las 5 de la mañana, cuando mi mentor todavía estaba dormido. Así que me quedaba en la terraza, viendo el amanecer, o me salía a caminar por la ciudad o el hotel.

Afortunadamente mi mentor terminó su trabajo, y me llevó a varios museos, al zoológico y a varios pueblos pequeños cercanos a la ciudad. Pero fue un viaje más turístico que en Camboya, y más que conocer a la gente, sólo veíamos los lugares y atracciones.

El último día en Kuala Lumpur compré unas celdas fotoeléctricas para aumentar la potencia de la instalación eléctrica de mi casa, por menos de la mitad de lo que cuestan en Bangkok, así que había que aprovechar. También compré algunos recuerdos para mis padres y amigos.

Como la camioneta se había quedado en Phnom Penh, mi mentor rentó un jeep para ir hasta la frontera como a él le gusta, es decir, bajándose en todos lados y hablando con la gente. Fuera de la ciudad, los malayos son más pacientes y amistosos, y su cocina es muy sabrosa, aunque demasiado picante a veces. Si van para esa zona, visiten Taiping.

¡Tailandia!

Al llegar a la frontera de Malasia con mi país, me sentí muy feliz. En el puesto fronterizo había muchas banderas tailandesas, que ondeaban alegremente por efecto del viento. Siempre siento mucha emoción cuando veo la bandera de Tailandia, y a veces hasta se me salen las lágrimas de tan bonita que es.

Pasando la aduana, abordamos una camioneta destartalada que sirve como transporte público en esa zona de mi país. Visitamos muchos pueblos costeros, como Songkhla, y otros que bordean el Golfo de Tailandia. En una aeropista, abordamos una avioneta pequeña, de cuatro plazas, para ir a la isla de Phuket, del otro lado de la península, en el Mar de Andamán.

En las playas de Phuket me divertí como nunca. Nadamos, buceamos y descubrí que tengo habilidad para el windsurf, y así me pasé horas en el mar. El buceo en el arrecife fue muy interesante, igual que como se ve en los documentales, aunque no me dejaron usar tanque de oxígeno y sólo pude bucear con esnorkel. Esos días se me hicieron muy cortos, a diferencia de los que pasé en Kuala Lumpur.

Pero todo lo bueno debe terminar, y regresamos a Bangkok en una avioneta de 18 plazas, parecida a la que nos llevó de Camboya a Kuala Lumpur. Afortunadamente, los pilotos hablaban tai y pude preguntarles muchas cosas. Me dejaron ir la mayor parte del vuelo con ellos, aunque no me permitieron intentar volar ni un solo momento. Realmente, no parecía nada difícil, y quizá algún día tenga la oportunidad de aprender a volar avionetas.

De Vuelta en Casa

Llegamos al aeropuerto de Bangkok a media tarde, y mi mentor rentó una camioneta para llevarme a mi aldea. Se me hizo un desperdicio de dinero, porque con sólo correr un poco hubiéramos alcanzado la camioneta que sale para Ban Pang Rai todas las tardes. Pero dijo que llevábamos muchas cosas para andar corriendo, y así fue como abordamos otro vehículo rentado más. Nos detuvimos a comer, y en una tienda mi mentor me compró varios libros, más que todos los que tenía antes.

Había pensado ir bien pendiente del camino, pero el sueño me venció. Aunque desperté un momento en Chainat, volví a quedarme dormido y no fue sino hasta que frenamos frente a mi casa que desperté nuevamente. A mis papás les dio mucho gusto verme, igual que a mi perro, y muchos de la aldea me fueron a ver. Yo estaba tan amodorrado, que no sabía ni a quién estaba saludando. Mi mamá preparó una gran comida, y mientras me metí a bañar. Ya con eso me desperté completamente, y disfruté mucho el resto de la tarde contando mis aventuras. Mi mentor también se bañó, y después que salió comimos. Se me espantó por completo el sueño, y ya estaba bien entrada la noche cuando se acabó el festejo.

Y fue así como terminó mi aventura de vacaciones. Me siento una persona distinta después de haberla vivido. Mi mentor dijo que si me porto bien y mis padres me dan permiso, el año próximo me llevará a Indonesia y quizá hasta Australia. Sería una nueva experiencia, pero la verdad, yo preferiría volver a Camboya. Una parte de mí se quedó en esas pequeñas aldeas de niños traviesos y niñas bonitas de ojos tristes.


Nota del Editor: Añadí epígrafes al texto del autor para hacer más fácil la lectura, pero son totalmente prescindibles.

El autor, Pakhdi Kuyyakanond, tiene 11 años.

1 Tonle Sap y toda la parte inferior de la cuenca del Mekong son sitios de riesgo para adquirir esquistosomiasis, parasitosis que inicia cuando Schistosoma sp. penetra la piel y las mucosas al contacto con agua contaminada.

2 Moneda camboyana. Cuando el artículo fue escrito, un dólar equivalía a alrededor de 3900 riels.

© Panóptico, Pakhdi Kuyyakanond
Mayo 20, 2002