Viajar solo no es tan difícil o peligroso como parece. Todo depende de la región a la que uno se dirige. A mí, en lo personal, me gusta mucho y, como ahora decidí explorar parte de las selvas relativamente vírgenes del sur de la península de Yucatán, preferí hacerlo así. Siempre es más fácil cuidarse uno mismo que ir cuidando a los demás. Disponía de tres semanas para atravesar 45 kilómetros de selva, tiempo más que suficiente. Un viaje como este no es una carrera, y mi objetivo era tomar fotos, ver animales y quitarme la neurosis de ciudad.
Llegué a Xpujil, Campeche, y tomé una camioneta que me dejó en una bifurcación que había anticipado como mi entrada a la selva, 30 kilómetros al norte de la frontera con Guatemala. Mis opciones eran ir hacia la derecha y penetrar a la Reserva de la Biosfera de Calakmul, o a la izquierda, por donde el terreno es más irregular. Opté por esto último, pues quería pasar a un ejido donde hace varios años conocí gente muy buena. Además no tenía permiso para internarme a Calakmul y no andaba como para trámites y burocracias.
Antes de entrar a la selva hay que cruzar los terrenos donde ésta ha sido talada, llenos de una vegetación secundaria llamada acahual, sumamente intrincada y difícil de atravesar. A punta de machete abrí el camino hasta llegar a la selva. Una vez en ella es fácil avanzar, pues los árboles impiden la formación de maleza, y el machete sólo se usa de cuando en cuando.
Una serpiente sobre un tronco esperando al momento oportuno para cazar.
Imagen: © Hiperactivos |
Estaba montando mi primer campamento cuando llegó un joven de la localidad, Genaro Martínez de la Cruz, que iba cortando camino por la selva para llegar al ejido Dos Naciones. Su compañía fue muy agradable, pues conocía muy bien los rastros de los animales, las plantas comestibles, los hábitos de las serpientes y muchas cosas más. Además se orientaba con una facilidad increíble. Él señalaba de inmediato la misma dirección que yo encontraba después de 15 minutos de cálculos con mapa, brújula y sistema de posicionamiento global. Viajaba tan sólo con un machete y una cantimplora. Yo, en cambio, llevaba todo lo necesario para las rutinas de supervivencia, casa de campaña, equipos de fotografía, ropa y los más diversos artículos, además de la cantimplora y el machete. Los 20 kilos de mi mochila me hacían difícil seguirle el paso a este experto cuyos conocimientos, no exagero, llenarían fácilmente un libro.
Días después llegamos a Dos Naciones y me despedí de Genaro. Sentí su partida, pero había que seguir con la aventura. Cambié mi ruta hacia el Este y lentamente me interné en la serranía, nombre local que recibe esta parte de la península de Yucatán que, a diferencia del resto, es montañosa.
Mis días comenzaban con un desayuno y, después de recoger el campamento, avanzaba entre 5 y 10 kilómetros para acampar de nuevo. Algunos días no me desplacé, para poder disfrutar más tiempo de algún lugar especialmente bello. El tiempo corría con lentitud y había una omnipresente sensación de paz y quietud que, lamentablemente, era reemplazada al caer la tarde por nubes de moscos y tábanos. Era hora de entrar a la tienda de campaña y dormir arrullado por el canto de grillos y cigarras y el incesante aullido de los saraguatos.
En la oquedad de la roca hay un afloramiento de agua, un tanto sucia, pero deliciosa cuando se tiene sed.
Imagen: © Hiperactivos |
Llevaba comida suficiente para no pasar hambre, pero cualquier fuente extra de calorías era bienvenida. Uno de los árboles más abundantes en estas selvas es el chicozapote, pero ya había pasado la temporada. En otros viajes similares me he hartado de los frutos de este árbol, pero ahora los pocos que quedaban ya habían sido devorados por tucanes, pericos, monos arañas y otros animales que aún abundan por estas zonas. De todos modos pude complementar mi dieta con papayas cimarronas, nances y otras frutas locales.
Más que la comida, el problema fue la falta de agua. En el camino había ríos intermitentes y en ocasiones encontré aguadas y cenotes. Ahí llenaba mis cantimploras, pero no podía cargar muchos litros. El agua es muy pesada, faltaba mucho por caminar y las subidas a veces eran empinadas, de entre 45 y 65 grados.
Un inesperado visitante en la mochila.
Imagen: © Hiperactivos |
Sólo llovió una vez en todos esos días y conseguir agua para beber en las zonas donde no había cuerpos de agua se hizo cada vez más difícil. Por este motivo aceleré mi trayecto y llegué al punto final cinco días antes de lo planeado. Contando el rodeo, había recorrido casi 65 kilómetros, algo más de lo estimado. Así sucede en estos viajes. Pero todavía no terminaban las peripecias pues, al cruzar otro acahual me cayó resina de un árbol llamado chechém (Metopium brownei), que produce unas lesiones muy desagradables que persisten al menos 15 días, como lo he comprobado en otras ocasiones. Nada en mi botiquín – de hecho ningún fármaco – pudo detener el ataque corrosivo de la savia de esta planta. Ambos brazos quedaron quemados, pero fue en la mano izquierda donde más daño sufrí.
No había nada que hacer. Finalmente, llegué al ejido Santa Rosa, a cinco kilómetros de la frontera con Belice. Lo había visitado hace 14 años y pude ver, con gran alegría, que los adultos me recordaban y los niños, que nunca me habían visto, me recibieron como a un compañero. Llegué a casa de un buen amigo, Eladio Peña, y ahí fue donde su esposa Tere y un joven, Paco, de 15 años, me curaron de las lesiones del chechém. Bastaron unas aplicaciones de la infusión de una hierba llamada cacahuapactle y de corteza del chakáh o palo mulato (Bursera simaruba) para que en menos de 24 horas las lesiones desaparecieran casi totalmente.
Pasé unos días más en Santa Rosa, y los aproveché jugando con los niños, aprendiendo lo mucho que saben sobre la región y disfrutando de su amistad. Ya muy repuesto tanto del chechém como de la falta de alimento en la selva tuve que despedirme, prometiendo que no dejaría pasar otros 14 años antes de regresar. En realidad no creo soportar tanto tiempo alejado de estos lugares. Algo así como un llamado que no puedo explicar me invita, a cada momento, a volver a explorar estas selvas del sur de la península de Yucatán.